De Esquipulas a Masaya y ¿de allí a dónde?

La suma de Nicaragua al cuadro de países centroamericanos que hasta hace poco comprendía al triangulo norte de la región, como sociedades que viven en crisis de gobernabilidad permanente sin encontrar soluciones duraderas a añejos problemas, demanda un pensamiento crítico y a la vez propositivo de nuevos liderazgos que asuman el compromiso de visionar una nueva región comprometida en crear bases sólidas de desarrollo y democracia.

La Nicaragua estable y con crecimiento sobre la base de una “democracia dirigida” como la anhelan y alababan algunos sectores retrógrados, se descarrilo y el saldo del percance político suma ya centenas de muertos y presos políticos con amenaza de derrapar de ribete en una guerra civil. Solo el tramo sur del istmo, Costa Rica y Panamá, han logrado mantenerse alejados del precipicio político, coincidentemente los únicos dos países del Continente que abolieron formalmente sus respectivos ejércitos.

En la década de los ochenta, los mandatarios de turno lograron un diálogo fructifico pese a las presiones guerreristas de la época alimentadas por los extremistas ideológicos que ahora se mueven más cómodamente en la redes sociales, poniendo fin a la vía armada como recurso principal para dirimir las diferencias políticas que atizaban el fuego a lo interno de los mismos cuatro países mencionados.

El único signatario de los Acuerdos de Esquipulas I y II, sobreviviente como político activo en la actualidad es precisamente el presidente Daniel Ortega, quien ahora regresa al postulado de privilegiar el recurso de la violencia para dirimir las diferencias políticas, traicionando lo que firmo en 1987.

En Masaya, la ciudad donde los estudiantes y vecinos tuvieron que soportar una brutal represión de fuerzas policiales e irregulares patrocinados por el mismo gobierno, y por otro lado, en los países del triángulo norte donde se registran los más altos índices de violencia del mundo y también incontrolables flujos migratorios hacia el norte huyendo de la falta de oportunidades y violencia social, podemos decir que se está escribiendo la lápida de lo que fueron los acuerdos de paz firmados en la década delos ochenta primero a nivel regional y después en los noventa en cada país.

Salir de la crisis en los cuatro países requiere como hace cuatro décadas de un liderazgo fuerte y visionario que desafortunadamente escasea por estos días. En ninguno de los cuatro países hay un presidente que goce de alta ni siquiera mediana popularidad y por tanto, con la proyección de liderar una iniciativa internacional, pues todos están ahogándose en las crisis internas.

Al menos en dos países, Guatemala y El Salvador, están próximos procesos de cambio de mando presidencial que abren ventanas de oportunidad para renovar el liderazgo político y con ello opciones de iniciativas nacionales y regionales que rompan con el ciclo perverso de una alternancia gatopardista que nos ha llevado a estar de nuevo en una zona caliente de conflictos sociales y políticos.