“La conveniencia de la mordida”

La primera vez que me pregunté, hace ya muchos ayeres, ¿por qué existe la mordida? Me pareció hasta ridículo el planteamiento, la mordida simplemente no debería existir… pero existe y no solo existe, además continúa cobrando fuerza en una vertiginosa carrera que no tiene pies ni cabeza, pero que sí, corroe a grandes y pequeños por igual, puesto que está cimentada en un anti valor que antepone el tener sobre el ser, pero ¿Qué papel jugamos realmente los ciudadanos ante este, que parece ser el mal de males? Bueno habrá que conceder que para que haya baile, se necesitan 2.

Siempre que oigo hablar de corrupción la culpa es del mal gobernante, aquél que se enriquece a “mis costillas”, no importa si es un humilde guardia de seguridad o un presidente, la culpa es invariablemente de la autoridad. Será porque el corruptor pretende esconder su mitad de culpa bajo la placa de un oficial de tránsito. ¡Claro que la autoridad es culpable! Pero en este juego de “inteligencias” vale la pena preguntarnos si fue primero la gallina o el huevo.

Estoy seguro que en algún rincón del pasado existieron los servidores públicos que servían. Lejos; muy lejos de servirse ¿Es posible que algún “considerado ciudadano” se dio cuenta de que los míseros salarios que entonces como ahora ganan los burócratas, dejaban la puerta entreabierta como para no hacer fila, o manejar sin licencia, o ganar la licitación.

Uno de los casos más recientes nos ha hundido en una de las más profundas crisis económicas y laborales de que se tenga memoria en todo el mundo ¿y los causantes? ¿Metieron sus costosos zapatos italianos en algunas de esas puertas?

Estoy cansado de oír que “El policía me mordió”, que “Tuve que dar mordida en el Seguro” y siempre me acabo preguntando ¿Por qué? ¿Por qué al hablar de transparencia? Acaso no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) que nuestro lado del vidrio está tan empañado como el otro.

Cuando aprendamos que robarse un caramelo es tan grave como robarse una casa, un permiso, una licitación, una elección, el dinero de los cuentahabientes y tarjetahabientes o cualquier otra cosa.

Ese será el día en que podremos reprochar y también tumbar una elección chueca, una licitación podrida o una simple fila de la tercera edad en un banco que ahora disfrazamos con 3 canas, solo porque “Es que no tengo tiempo”. “Es que ya se me hizo tarde” como si el resto de la humanidad no importara para nada, como si mi tiempo fuera mejor o más valioso que el tuyo.

El día que aprendamos que no podemos estorbar una cochera solo porque tenemos una pistola fajada o porque “El licenciado tiene prisa”, estaremos muy, pero muy cerca de la transparencia.

No pretendo hablar de la Utopía, solo planteo una conducta que se está perdiendo y lo hace peligrosamente para nuestra subsistencia, para nuestra convivencia y hasta para nuestra preservación como especie, una conducta que sí está basada en un valor: El Respeto. Pero el verdadero, el de una sola moral y que tanto defendió John Lenon, el respeto del “Ébano y Marfil”, el respeto del “Vive y deja vivir”, el Respeto de Benito Juárez. ¡No es posible lo poco que hemos avanzado!, de hecho parece que hemos retrocedido, al menos en un sentido, cuando perdemos de vista cuál es el derecho ajeno y cuál el propio, cuál el espacio ajeno y cuál el propio, cuál la propiedad ajena y cuál la propia.

Con justa razón añoramos tiempos pasados en los que Don significaba De Origen Noble, cuando ahora Don, es el que tiene más posesiones así sea un criminal ¿a quién le importa? Si al final del camino puedo hacer “negocios con él” y después ¿corrupto? ¡Corrupto el gobierno!

Qué lejos estamos de la decencia. Sí, todos con algunas muy honrosas excepciones.

Por todo Latinoamérica, hablamos de la falta de salud y educación y generalmente nos referimos a las personas (SI DIJE PERSONAS) menos favorecidas, ¡Hay que haber convivido con ellas!, para saber quiénes son los verdaderos DONES. Aquellos que aún comparten lo poco que les queda, sin esperar siquiera las gracias.

¿Queremos hablar de transparencia? Comencemos por desempañar el espejo, que no nos deja ver nuestra propia corrupción disfrazada de evasión fiscal, de tirar la basura en donde caiga, al fin en Honduras nadie me multa por eso; Disfrazada de “yo soy gran alero del de nuevo gerente de la portuaria, ya nos hicimos ricos”, Es cierto, muy cierto ¡Qué pobres somos! Que ya no sabemos distinguir entre “lo gané” y “me lo trancé”, entre “negocio” y “triquiñuela”.

Hace algunos años tuve la oportunidad de asistir a una charla en la escuela de mi hija mayor, la ponente, cuyo nombre no recuerdo, aunque debería, decía que el problema de la actualidad es que le cambiamos el nombre a las cosas “Mi hijo me salió cleptómano”, “¡LADRÓN, RATERO, llámenlo por su nombre y ya verán que rápido se cura de la cleptomanía”. ¡Qué gran verdad! Si tan solo comenzáramos a decir “Es que el policía y yo somos unos corruptos” o tuviéramos los pantalones (y las faldas) de decir “¿Por qué? Si me faltan 2 meses para ser de la tercera edad”, entonces… entonces no tendríamos que hablar de transparencia.

Otro gran enemigo de la transparencia es el tiempo. Hace un par de años oía un gran discurso del presidente español en turno decir: “Es menester que los países desarrollados ayudemos a Latinoamérica” y mientras lo oía tuve que contenerme para no destrozar el televisor ¿Qué nos ayuden? ¡Que nos devuelvan lo que se llevaron! y veremos quién ayuda a quién. Solo pasaron 300 años y el robo se convirtió en propiedad, la esclavitud se convirtió en “amistad”, las violaciones a los derechos humanos se hicieron humo.

Ahora justificamos cualquier cosa, solo con un poco de tiempo. Amnistía, o lo que es lo mismo “¡Hay! Se me olvidó”, es increíble, róbate lo que quieras, haz lo que quieras y deja pasar un poco de tiempo, siempre te puedes “Amnistiar”.

Para hablar de transparencia es muy, pero muy necesario; ser muy, pero muy decente, así, sin doble moral tan decente que podamos convivir con una trabajadora sexual, sin escandalizarnos ni faltarle al respeto, ni a ella ni a nuestra familia. Hace falta poder ser vecino de un homosexual, sin que por ello se deteriore la dignidad de ninguno de los 2. Para hablar de transparencia, hay que ser transparente, pero de verdad, aún sin recursos económicos, aún sin ayuda de nadie, aún perdiendo, lo que muchas veces es ganar.

Para hablar de transparencia la mejor de las tecnologías es el espejo que nos permita recordar aquél famoso eslogan (lástima que topó en eso) “La Corrupción Somos Todos” y mientras siga siendo así, será mucho muy difícil acabar con ella. La corrupción solo puede ser combatida por padres de familia decentes que enseñen a sus hijos a valorar lo que son más de lo que tienen. Esa es la medicina y en todo caso ya no importa si ese padre de familia ha sido corrupto o no, el caso es que tenga el valor de enseñar a sus hijos a no serlo. Aún así pasarán generaciones antes de que podamos ver a una mayoría votar por cualquier candidato a sabiendas de quien sea el ganador no se prestará a esos juegos sucios que nos tienen donde seguramente merecemos estar.