La democracia que se negó dar el salto al vacío

Los ticos dieron vuelta a los resultados de la primera votación presidencial del 4 de febrero. A diferencia de lo ocurrido en muchas otras democracias occidentales donde impera un malestar generalizado de la sociedad con el sistema político democrático ejercido por partidos tradicionales, en el hermano país centroamericano, el voto mayoritario optó por el centro político, desechando los cantos de sirena del mesianismo populista que ha ganado terreno en tantos países.

Acción Ciudadana, el partido de gobierno que ganó la reelección, es una fuerza política relativamente nueva, fundada por Otón Solís, un líder político histórico del Partido Liberación Nacional, de enfoque social demócrata, logró romper con la hegemonía del bipartidismo que caracterizó el período abierto por la Revolución de 1948 y que dio paso a la Costa Rica moderna. El presidente electo es producto de esa nueva generación de políticos formados en el seno de ese joven partido político, siendo además ahora el presidente electo más joven (38 años) de la historia del país.

La experiencia tica nos enseña que frente al cansancio y hastío de la población con las fuerzas políticas tradicionales, el camino más seguro es regenerar el sistema democrático vía el surgimiento de nuevas opciones que rejuvenecen la oferta programática y el ideario político, llenando los vacíos y déficits que los políticos tradicionales desatendieron al dejar de escuchar a la población. Inevitablemente siempre existe el riesgo que en ese proceso aparezcan tentadoras opciones populistas, pero es allí cuando la madurez del votante y el sistema democrático se pone a prueba.

En la primera vuelta, los votantes habían favorecido a un candidato emergente de tipo mesiánico, que amparado en un discurso religioso y conservador logró irrumpir de manera sorpresiva y ganar la primera vuelta. El disparador del crecimiento de este partido (Restauración Nacional) fue una opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que indicó que es obligación de los Estados reconocer los derechos de las personas de la diversidad sexual, incluyendo el matrimonio igualitario. Frente a esa opinión, las elecciones cambiaron completamente: los partidos históricos se cayeron y quedaron fuera de la segunda ronda; por primera vez, un partido de origen evangélico pentecostal pasó a segunda ronda presidencial, con un discurso conservador en materia de derechos humanos; la elección se centró más que las capacidades de los partidos y candidatos, en torno al debate sobre la relación entre religión y política, religión y Estado; un debate sobre si Costa Rica seguiría siendo una sociedad democrática respetuosa de los derechos humanos o si daría y salto hacia atrás.

La segunda ronda terminó siendo un plebiscito sobre la democracia costarricense y sobre el modelo de convivencia social que ha caracterizado a ese país. Al final, la participación activa de la gente - la segunda vuelta fue más concurrida que la primera, algo raramente visto, más aún si se toma en cuenta que la elección tuvo lugar el domingo de Resurrección –, la irrupción de movimientos ciudadanos como la llamada Coalición por Costa Rica y el debate intenso y no siempre sano entre las dos fuerzas en la contienda electoral, decantaron el triunfo del partido de gobierno, con un mandato ciudadano claro y contundente: Costa Rica sigue caminando por el ancho camino del centro democrático.

La elección tica también deja una lección importante en cuanto a los riesgos latentes de polarización provocados por líderes dogmáticos que solo tienen como norte su obstinación ideológica o dogma y su deseo de tomar el Estado para fines sectarios que se creían superados desde el siglo XIX con la instauración del Estado laico. Costa Rica jugó con balancearse al borde del precipicio; al final, privó la cordura. Ojalá aprendamos todos los demás pueblos a no balancearnos al borde del abismo, especialmente si no tenemos la fortaleza institucional para luego encontrar el equilibrio.